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La lluvia que no llega |
Mi querido Chindas, ha pasado la
Semana Santa con el sol acariciando tu espalda y hasta con galbana te has
tumbado en la hierba. El baño que te diste en el Canal tratando de atrapar a
una rata de agua te dejó fresco y los ojos brillantes. Con júbilo exclamaste un
¡guauuu..! de satisfacción, por unas vacaciones tan secas.
Los campos a su vez añoran la
noche para apagar la sed que la luz les provoca. Tristeza que oprime e impide
asomar la semilla, crecer y vivir. El seno de la naturaleza adolece de agua y
el fruto de sus entrañas se debilita. Llanto reseco del suelo; miradas
suplicantes al cielo queriendo atisbar alguna nube benefactora.
Los vecinos ocasionales de estas
fechas ya han retornado a sus hogares urbanos. Las ruedas de los vehículos
rotan por las calles, que poco a poco quedan en silencio, y desaparecen
alegrando la carretera.
Los rurales seguimos suspirando
por esa lluvia que no llega y la esperanza se desvanece día tras día. Abril,
agua mil, oíamos decir cuando eran frecuentes los aguaceros y la cosecha
presagiaba bonanza. ¿Se ha perdido también la veracidad de los adagios?
El cinturón empieza a apretarse
en la economía familiar. Sueños de renovación en la casa, en el vestuario, en
el ocio, se achican con el esplendor del sol que sigue calentando a su manera,
hiriendo las reservas acuíferas que sostienen el futuro inmediato.
Calentura a destiempo, mensaje al
esfuerzo que no entiende de cambios climáticos, que sembró y vio amanecer el
fruto esperado. La tierra mira al labrador suplicando agua y éste, en un llanto
sin lágrimas que la empape, le pide calma. Llegará sin duda la nube con su saya
parda y regará el jardín de la naturaleza. Las espigas brotarán hermosas y la
primavera cumplirá con el verano.
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