En esta recta final del invierno el tiempo es variable. Ha habido días espléndidos, muy agradables para el paseo vespertino, los ha habido nublados y grises aunque suaves y también los hemos tenido ventosos, desagradables, pluviosos, en que hemos paseado con mi socio por la sirga del canal sin aventurarnos por otros caminos o por los campos.
También los acontecimientos mundiales han sido variables; algunos llenos de esperanza como los ocurridos en Túnez y Egipto, otros muy duros como los que acontecen en Libia, cuando no catastróficos como los ocurridos en Japón.
Y en el largo invierno económico que reina en nuestro país hay acontecimientos que alientan la esperanza, mientras otros están nublados y casi nos congelan con el frío vendaval del paro.
A tantos males se busca remedios y aparece como destacado entre otros la educación, tanto para generar empleo, como para poner las bases de aquellos que han de investigar y generar desarrollo para las empresas y la comunidad.
Mas hete aquí que nos encontramos, lo dice el informe PISA, con unos resultados de bajo nivel, con demasiados repetidores y un pavoroso fracaso escolar.
Buscando las causas de este desastre se habla de falta de exigencia, niveles mínimos demasiado bajos y falta de disciplina, de la cultura del esfuerzo y del sacrificio.
Sin negar estas afirmaciones es conveniente reflexionar más ampliamente sobre el tema. ¿Es el objetivo de la educación básica el conseguir mano de obra cualificada y buenos profesionales o buscar el desarrollo del niño y del adolescente en todo el abanico de su personalidad, inteligencia sensibilidad, voluntad, sentido ético y ciudadano? Y esto para el mundo de hoy, de ahí el interés del inglés, de los medios informáticos y el sentido crítico sobre los temas actuales y su tratamiento por los diferentes cauces informativos.
Si se entiende este objetivo como el que corresponde a la educación, el maestro sabe, que, para bien y para mal, no está solo, que familia, compañeros, sociedad juegan un decisivo papel.
También es necesario entender que en el depliegue de posibilidades del muchacho no hay niveles mínimos y no debe haber por lo tanto superación de niveles, aprobados o suspensos de etapa y fracaso escolar. Hay que aspirar a una educación personalizada en que cada escolar madure a su ritmo y desarrolle sus capacidades y es de notar que estas son siempre inopinadamente muy amplias. No puede haber un fracaso escolar que cierre a un joven de 16 años salida a sus posibilidades: sobra el título de graduado en ESO. Es suficiente el certificado de haber realizado la enseñanza obligatoria. Como en otros países europeos, sólo se consideraría fracaso escolar el caso de aquellos que no consiguen después un título de formación profesional o de bachiller, pero en cualquier momento de su vida tienen la posibilidad, sin condicionantes previos, de intentar un título profesional.
Es ineresante la cultura del esfuerzo, de la disciplina pero no hay que olvidar que se exige a los niños un trabajo exigente que muchos adultos no afrontarían: cinco o seis horas de horario escolar, deberes y estudio domiciliario. Si este esfuerzo se le impone como una carga acabarán muchas veces odiando lo que hacen o pasando olímpicamente.
Menos mal que la naruraleza es sabia y premia el esfuerzo empleado en el propio desarrollo. Resolver un problema matemático es satisfactorio, o conocer un proceso físico o recordar de memria una buena poesía o ser capaz de exponer un tema comprendiendo lo expuesto. En la educación más que la motivación anterior es muy decisoria la retroalimentación. Es con ella que es posible el esfuerzo, a veces costoso, y la disciplina del trabajo porque se ven los avances y satisface esta conciencia del propio desarrollo porque, más que hacer lo que gusta, es importante que guste lo que se hace porque al fin le satisface.
Esta lloviznando pero hemos salido al campo. A mí me gusta y salto frenético de alegría cuando nos dirigimos a la puerta del corral. Sé que en un día como el de hoy a mi socio le apetecería quedarse en la estufa leyendo un libro o transcribiendo nuestras charlas, pero cuando le veo volver oteando el paisaje, respirando hondo y diciéndome gansadas entiendo que goza como yo del ejercicio vespertino.
El acoso escolar, es cosa de todos
Hace 10 años







